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(Por Alfredo Caballero Pineda, escritor salvadoreño)
La lectura de los libros clásicos y el estudio de las matemáticas, aunque aparentemente distintos, convergen en su capacidad de enriquecer profundamente al ser humano y de fortalecer el tejido social en el mundo moderno.
Ambas disciplinas son pilares del pensamiento, la cultura y el progreso. Su práctica constante genera beneficios que trascienden lo individual para impactar positivamente a la comunidad y a la sociedad.
Con las matemáticas razonamos con números; con la lectura de un libro, razonamos con ideas abstractas. En ambas se razona, y con ambas se amplía el horizonte del conocimiento. Veamos.
La literatura clásica ofrece al individuo una ventana hacia la condición humana. Obras como Don Quijote de la Mancha, Hamlet o Cien años de soledad permiten explorar emociones, dilemas éticos y contextos históricos que desarrollan el pensamiento crítico, los valores universales y los desafíos del porvenir.
Leer clásicos mejora la expresión verbal y escrita, estimula la imaginación y fortalece la identidad cultural. En la sociedad, promueve el diálogo intergeneracional, preserva la memoria colectiva y fomenta valores como la libertad, la justicia y la dignidad.
Como afirma el libro de Proverbios: “El corazón del entendido adquiere sabiduría, y el oído de los sabios busca la ciencia” (Proverbios 18:15). La lectura profunda cultiva el alma y afina la conciencia.
Las matemáticas, por su parte, entrenan la mente en la lógica, la precisión y la resolución de problemas. Desde las operaciones básicas hasta las teorías complejas, desarrollan habilidades cognitivas esenciales para la vida cotidiana y profesional.
En el plano social, son fundamentales para la ciencia, la tecnología, la economía y la planificación. Permiten tomar decisiones informadas, optimizar recursos y diseñar soluciones sostenibles frente a los desafíos actuales.
En ellas también se revela el orden y la belleza del universo, como lo expresa el salmista: “Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos” (Salmo 19:1). Así recordamos que detrás de cada fórmula hay una armonía que trasciende lo humano.
En conjunto, literatura y matemáticas forman un equilibrio entre sensibilidad y razón, entre arte y ciencia. En estos tiempos modernos, marcados por la velocidad, la polarización y la sobreinformación, ambas disciplinas invitan a la profundidad, al análisis riguroso y a la reflexión ética. Son herramientas para formar ciudadanos conscientes, creativos y comprometidos con su entorno.
La literatura da voz a las diversas culturas y experiencias; las matemáticas ofrecen un lenguaje universal que trasciende fronteras. En la educación, su integración fortalece el pensamiento integral, preparando a las nuevas generaciones para enfrentar un mundo complejo con sabiduría y humanidad.
En definitiva, cultivar tanto el pensamiento literario como el matemático no solo enriquece al individuo, sino que construye sociedades más justas, productivas, inteligentes y en constante progreso. Son faros que iluminan el camino hacia un desarrollo humano pleno y una convivencia más armónica.
En un mundo que exige respuestas rápidas y soluciones inmediatas, detenerse a leer un clásico o resolver un problema matemático puede parecer un acto contracultural. Sin embargo, es precisamente en esa pausa reflexiva donde se forja el carácter, se afina la inteligencia y se cultiva el espíritu.
La literatura nos conecta con lo perdurable; las matemáticas nos revelan lo exacto. Juntas, nos enseñan a vivir con propósito y a construir con visión. En ellas encontramos no solo conocimiento, sino sabiduría y el sano deleite de la vida.
San Salvador, 04 de noviembre de 2025
Alfredo Caballero Pineda, es escritor y consultor empresarial.
(Por Alfredo Caballero Pineda, escritor salvadoreño)
Leer un libro de los grandes escritores clásicos de la literatura universal es mucho más que pasar páginas. Es un encuentro con el alma del pensamiento humano, con las preguntas que no se agotan y las respuestas que seguimos buscando. Cada clásico, como Sófocles, Cervantes o Alejandro Dumas, es una conversación entre generaciones que se dan la mano a través del tiempo.
Las personas que leen estas obras, sin importar la edad, adquieren una formación profunda en valores, pensamiento crítico y comprensión cultural. No es casualidad: los clásicos enseñan a mirar la vida con amplitud, a dudar con inteligencia y a soñar con propósito.
El primer fruto de la lectura es el desarrollo del pensamiento crítico. Las grandes obras presentan dilemas morales y conflictos que invitan a reflexionar, analizar y decidir con sabiduría; ese es el principio de la madurez.
El segundo beneficio es el dominio del lenguaje y la expresión. Leer enriquece el vocabulario, mejora la sintaxis y ofrece modelos de escritura refinada. Quien lee con frecuencia habla y escribe mejor, se comunica con claridad y convence con respeto. La palabra bien dicha es poder, y quien sabe usarla, construye.
También está la comprensión profunda de la condición humana. Los clásicos exploran emociones universales: el amor, la ambición, la lealtad, la justicia, la traición y la esperanza. Leer nos permite entender al otro, ponernos en su lugar y crecer en empatía, esa virtud tan escasa en los tiempos modernos.
Un cuarto beneficio es la conexión con la historia y la cultura. Las obras literarias clásicas son testigos de su tiempo. En ellas comprendemos cómo pensaban los pueblos, qué valores defendían y cómo soñaban un futuro mejor. Leer a Shakespeare, Dostoievski o Mario Vargas Llosa nos abre la mente y nos enseña que cada época tiene su belleza y su lucha.
Y un quinto regalo de los clásicos es el fomento de la creatividad y la imaginación. Las tramas complejas y los simbolismos literarios despiertan la mente, estimulan nuevas ideas y nos ayudan a resolver los problemas del presente con una mirada más amplia.
Pero para cosechar estos frutos hay que cultivar el hábito. Leer diariamente, aunque sea poco; elegir libros que despierten interés; buscar un rincón tranquilo para concentrarse; anotar pensamientos y compartir lo leído. Leer en papel o en formato digital importa poco: lo esencial es la constancia.
Leer construye el carácter y fortalece la mente. Quien lee con reflexión y curiosidad mejora su comunicación, amplía su visión del mundo y aprende a tomar decisiones con criterio. Además, la lectura alimenta la empatía, la creatividad y la resiliencia, virtudes esenciales para crecer en cualquier ámbito: familiar, laboral, social o espiritual.
Como dice la Biblia, en las palabras de un padre aconsejando a su hijo: “La sabiduría, ante todo; adquiere sabiduría, y sobre todas tus posesiones adquiere inteligencia” (Proverbios 4:7). Los libros clásicos son, precisamente, fuentes de esa sabiduría que no pasa de moda.
Quien lee a los clásicos gana madurez, profundidad, criterio y sensibilidad. Se distingue por pensar mejor, comunicarse con elegancia y comprender el alma de su tiempo.
No dejen que el ruido del mundo apague su voz interior. Lean para pensar, sentir y crecer. Cada página es una llave que abre puertas al conocimiento, a la libertad y al verdadero valor de ser ustedes mismos.
San Salvador, 04 de noviembre de 2025
Alfredo Caballero Pineda, es escritor y consultor empresarial.
(Por Alfredo Caballero Pineda, escritor salvadoreño)
Leer literatura no es solo disfrutar de una historia. Es también aprender a comunicarnos mejor. Cada cuento o novela nos ofrece nuevas palabras, formas de pensar y maneras de decir lo que sentimos. La lectura, especialmente la narrativa, afina las herramientas más importantes de la vida: escuchar, hablar y comprender al otro.
Cuando una persona lee con frecuencia, su vocabulario crece y su expresión mejora. La lectura expone al lector a un lenguaje rico y variado que fortalece la fluidez verbal y la precisión al comunicar ideas. Además, al leer, el cerebro absorbe de forma natural las estructuras correctas del idioma, lo que ayuda a escribir y hablar con mayor claridad y coherencia.
Por eso, quien lee bien suele expresarse mejor. La lectura convierte a las personas en comunicadores más efectivos y empáticos, cualidades fundamentales tanto en la escuela como en el trabajo y en la vida cotidiana.
En su libro Cuentos de barro, el escritor salvadoreño Salvador Salazar Arrué, Salarrué, logra algo extraordinario: elevar el lenguaje popular del campo a la categoría de arte. Sus relatos rescatan la voz campesina, los modismos y las expresiones náhuatl que forman parte de nuestra identidad. Leer a Salarrué es aprender a valorar la forma de hablar del pueblo como una fuente de sabiduría y belleza.
Su estilo es sencillo y sensorial. Usa pocas palabras, pero cada una está cargada de emoción y significado. Esa economía del lenguaje enseña al lector a elegir la palabra justa, la que toca y comunica sin exceso. Además, su ritmo narrativo imita el habla campesina, recordándonos que la musicalidad de una frase es tan importante como su sentido.
En el cuento La Petaca, Salarrué demuestra su dominio del lenguaje y su sensibilidad social. Narra la historia de María, una joven del campo marcada por la pobreza y la ignorancia. El autor utiliza palabras como “peche”, “diay” o “tata”, que pertenecen al habla salvadoreña, y las convierte en poesía.
El término “petaca”, que significa joroba, adquiere en el relato un sentido simbólico: la carga social y emocional que María lleva sobre sí. Cuando esa carga “se baja a la barriga” con su embarazo, el lenguaje se transforma en metáfora del destino humano.
La fuerza de Salarrué está en lo que no dice. Evita los juicios y las descripciones explícitas. Deja que el lector imagine, que participe en la historia. Esa técnica enseña el poder del silencio, de la palabra medida, de la elipsis que sugiere más de lo que muestra.
La Petaca nos recuerda que el lenguaje no solo cuenta historias: revela verdades. Cada palabra puede ser puente o herida, consuelo o denuncia.
“Le pusieron una coronita de siemprevivas. Estaba como en un sueño profundo; y es que ella siempre estuvo un grado abajo de los suyos; cuando todos se estaban riendo, ella sonreía; cuando todos sonreían, ella estaba seria; cuando todos estaban serios, ella lloraba; y ahora que ellos estaban llorando, ella no tuvo más remedio que estar muerta”.
La literatura de Salarrué no solo enriquece el idioma: educa la sensibilidad y fortalece la comunicación. Leerlo es aprender a mirar con compasión y a hablar con respeto.
Como dice la Biblia: “El hombre sabio es fuerte, y el hombre de conocimiento aumenta su poder.” (Proverbios 24:5). Leer nos enseña justamente eso: a pensar antes de hablar, a escuchar antes de juzgar y a comunicarnos con el alma.
San Salvador, 17 de noviembre de 2025
Alfredo Caballero Pineda, es escritor y consultor empresarial.
(Por Alfredo Caballero Pineda, escritor salvadoreño)
En El Salvador estamos viviendo un fenómeno silencioso, pero muy poderoso: cada vez más personas pasan horas enteras deslizando la pantalla del celular sin parar. Es un hábito tan común que ya ni lo notamos.
Bajamos y bajamos, sin llegar nunca al final. La pantalla se renueva sola: siempre hay un meme nuevo, un chisme más, un video rápido que nos hace reír… y nada más.
Esa lectura instantánea entretiene, sí, pero no alimenta. Es como comer solo comida chatarra: llena, pero no nutre. El verdadero escándalo cultural es que muchos compatriotas pasan días, y a veces años, consumiendo contenido vacío, mientras un buen libro, capaz de abrir la mente y ensanchar el corazón, queda relegado en un rincón.
La escena se repite en buses, en aulas, en oficinas, en mercados y hasta en reuniones familiares: pantallas moviéndose sin descanso, ojos atentos a nada. Eso es “deslizar sin fin”, una especie de hipnosis moderna donde siempre aparece algo más, aunque lo de abajo sea igual a lo de arriba.
Lo triste es que esa práctica va moldeando nuestra forma de pensar: lo rápido nos parece suficiente, y lo profundo nos parece cansado.
Internet está lleno de frases vacías, noticias falsas, chismes, insultos disfrazados de opiniones y videos que duran menos de un minuto. Todo se consume sin pensar.
Sin embargo, la literatura sigue ahí, ofreciendo historias profundas, personajes que enseñan, palabras que transforman. El problema es que muchos se conforman con lo fácil y dejan lo valioso.
Leer solo basura digital es renunciar a la riqueza que los libros nos regalan: imaginación, criterio, sensibilidad y capacidad de reflexión. Y esa renuncia tiene consecuencias.
Quien no lee piensa menos, se deja engañar más fácil y pierde oportunidades. La falta de lectura afecta la manera en que trabajamos, en que votamos y en que convivimos.
Un país que no lee es un país que decide sin reflexionar, que discute sin argumentos y que se cree cualquier cosa que aparezca en la pantalla. Leer no es un lujo intelectual: es una defensa. Una herramienta para no vivir en la ignorancia, para cuestionar, para elegir mejor y para construir un futuro más digno.
En El Salvador, para muchos leer no es fácil. Faltan bibliotecas, los libros son caros y el apoyo cultural es limitado. Pero también hay apatía. Muchos prefieren lo fácil de las pantallas antes que la aventura interior de un cuento o una novela.
La lectura debería ser un derecho básico, no un privilegio. El escándalo está en que, como país, dejamos pasar la oportunidad de crecer cuando despreciamos la palabra escrita.
La Biblia nos recuerda un principio profundo: “El corazón del entendido adquiere sabiduría, y el oído de los sabios busca conocimiento” (Proverbios 18:15). Esa búsqueda no se encuentra deslizando sin fin, sino leyendo con intención.
Leer no es solo entretenimiento; es aprender a pensar. Un lector desarrolla criterio, no se deja manipular, reconoce la mentira disfrazada de verdad y participa mejor en la sociedad.
Ser lector es ser ciudadano consciente, responsable, capaz de defender sus ideas y respetar las de los demás. El escándalo es que muchos prefieren quedarse con lo superficial y no aprovechar el poder de un buen libro.
Pero siempre se puede empezar. Basta una historia corta, una biografía, un cuento salvadoreño, un clásico breve. Leer es abrir una puerta. Y una vez que se abre, es difícil volver a ver el mundo con los mismos ojos.
Leer no solo informa: despierta. Y un país despierto siempre tiene futuro.
San Salvador, 24 de noviembre de 2025
Alfredo Caballero Pineda, es escritor y consultor empresarial.
(Por Alfredo Caballero Pineda, escritor salvadoreño)
En estos días finales del año 2025, cuando uno vuelve la vista atrás y se pregunta qué fue de los meses que pasaron, llegó a mis manos un libro valioso que tiene un enorme mensaje. Se titula “EL CIELO GOBIERNA”, de Nancy DeMoss Wolgemuth. (Editorial Portavoz, 2022).
No es literatura salvadoreña, ni novela, ni ensayo académico. Es un libro espiritual. Y, sin embargo, mientras lo leía, sentía que me hablaba de mi vida, de la vida de cualquiera, de los días buenos y de los días que nos quitan el sueño.
Leí este libro detenidamente, enfatizando frases, cerrándolo por momentos para meditar y pensando internamente: “Esto es cierto”. Y decidí escribir estas líneas porque estoy convencido de que a más de alguno le puede ayudar tanto como a mí.
El corazón del libro se resume en una sola frase: “EL CIELO GOBIERNA”. Tres palabras sencillas, pero profundas. Significan que nada de lo que sucede en este mundo, en la historia, en nuestras familias o en nuestro interior, está fuera del conocimiento y del poder de Dios.
Él gobierna, aunque nosotros no lo entendamos todo. Él gobierna, aunque parezca que el caos manda. Además, él gobierna incluso cuando nuestras fuerzas se terminan.
El cielo gobierna, es una frase que expresó Daniel, autor de su propio libro, cuando trataba de explicarle a un rey idólatra llamado Nabucodonosor lo que Dios estaba haciendo, en la vida del rey, cuando le llevó a vagar por el campo y a comer hierba, como una bestia, durante 7 años (Daniel 4:26).
La autora comenta y desarrolla, especialmente, el capítulo 4 del libro de Daniel que se encuentra en las Sagradas Escrituras. Allí se narra la historia de Daniel, en la Babilonia antigua, enfrentado a este rey poderoso, lleno de orgullo y prepotencia.
Dios detuvo a Nabucodonosor en forma muy particular: Le quitó su soberbia y le enseñó algo que cambió su vida: que el poder humano tiene límites, pero el poder de Dios no. Y en medio de esa lección aparece esa expresión que recorre todo el libro: “el cielo gobierna”, que, por cierto, DeMoss, lo acentúa con la expresión, “CG”.
Mientras leía, no me quedé pensando solo en el rey antiguo. Pensé en nosotros, en mí, en cuántas veces creemos que tenemos el control de todo: planes, proyectos, agendas, economía, salud, trabajo, viajes. Y, de repente, algo se rompe, algo cambia, algo se nos cae de las manos… y comprendemos que no somos tan grandes como imaginábamos.
La enseñanza de este excepcional libro se centra en la vida de Daniel. Este hombre de Dios, como se ve en el desarrollo del libro, no fue libre de problemas. No vivió en un paraíso. No tuvo una vida exitosa y digna de imitar.
Fue llevado cautivo, arrancado de su tierra, Israel, obligado a vivir en una cultura que no compartía su fe. Por cierto, en el Libro de Daniel 1:20 dice que Daniel fue encontrado 10 veces más sabio que los sabios de Babilonia.
Vivió en medio del poder político, de idolatrías al máximo, lleno de injusticias, de peligros, de voracidad e inmisericordia. Y, sin embargo, permaneció firme en su fe, íntegro, confiado, celoso de su fe. No porque él fuera invencible, sino porque tenía claro algo esencial: Dios manda, aunque el mundo parezca desordenado.
Alfredo, me dije a mí mismo mientras leía, Daniel no fue librado de Babilonia… pero fue sostenido dentro de Babilonia. Y eso cambia la perspectiva totalmente. No siempre se trata de huir del problema. A veces se trata de atravesarlo acompañado de Dios. Eso impactó mi corazón y sentía que me hablaba directamente
El libro insiste una y otra vez en que esta verdad no es teórica. No es frase bonita para ponerla en un cuadro. Toca lo real, lo que duele, lo que asusta, lo que no entendemos.
Eso no significa que todo sea fácil. No significa que el dolor desaparezca en un instante, en forma milagrosa. Significa algo más profundo: no estamos a la deriva. No somos hijos del azar. Nuestra historia no es un accidente. Hay un propósito mayor que, a veces, solo se ve con el tiempo.
Mientras avanzaba en esas páginas, sentí que el libro me ponía un espejo enfrente. Me pregunté cuántas veces he querido controlar todo, cuántas veces he querido cargar con todo solo, cuántas veces he dicho en silencio: “Yo puedo solo, por mi experiencia, por mis títulos universitarios, por mis muchos contactos, …”
Y cuántas veces Dios, con suavidad o con firmeza, me ha recordado: “No estás solo, pero tampoco eres el dueño del universo”.
Este libro no invita a la pasividad, ni a cruzarse de brazos. Invita a algo mucho más exigente: a confiar. Confiar cuando no se ve, cuando la respuesta no llega; Confiar cuando el camino se oscurece. Confiar cuando no tenemos todas las explicaciones en la mano, confiar cuando todas las puertas parecen estar cerradas.
Al terminar de leer el libro veo esta certeza que quiero compartir: la vida es distinta cuando uno cree que el cielo gobierna.
No escribo estas líneas como teólogo ni como predicador. Las escribo como lector, como ciudadano, como Alfredo, como alguien que también se equivoca, se preocupa, se cansa y se vuelve a levantar. Las escribo porque creo que, entre tantas voces de desesperanza, hace falta recordar que hay una voz más alta que todas: la de Dios.
Tal vez usted está pasando hoy por algo que no entiende. O a lo mejor, perdió algo o a alguien. Posiblemente, todo se le juntó. Acaso ha percibido que todas las puertas están cerradas. Quizá sonríe por fuera y llora por dentro.
Yo sé, lo sé muy bien, que hay mucha gente que está experimentando esto; lo veo y me lo cuentan a diario. Si es así, yo quisiera que al cerrar este artículo se lleve solo una frase grabada en el corazón: EL CIELO GOBIERNA.
No sé qué está enfrentando. No tengo su respuesta exacta. Pero sé esto: nada de lo que vive lo toma por sorpresa a Dios. Y en esa certeza hay descanso.
Con gozo terminé de leer el libro, con el deseo de decirle a otros lo mismo que me repetí a mí: confíe, aunque no lo vea claro; confíe, aunque lleve cicatrices; confíe, porque su historia está en manos más grandes que las nuestras.
Si algún día este libro llega a sus manos, léalo; y si no, llévese el mensaje grabado en el alma. No estamos solos. No somos azar ni juguete del destino. Hay un Dios que gobierna, sostiene y acompaña cada latido de nuestra historia. Aun cuando las nubes oscurecen el horizonte y el silencio parece definitivo, el cielo sigue gobernando. El desafío es sencillo y profundo: conocerle más, acercarnos a Él y confiar.
AMIGOS QUERIDOS, NECESITAMOS LEER. La lectura sacude, despierta, abraza. Este libro ha sido escrito para hablarte con sencillez, para tocar no solo la mente, sino todo tu ser, por eso su lectura es amigable. Leer nos ensancha la vida, nos vuelve más humanos y más conscientes de la esperanza que nos sostiene.
Porque, al final, aun cuando todo parezca tambalear… el cielo sigue gobernando.
San Salvador, 1 de enero de 2026
Alfredo Caballero Pineda, es escritor y consultor empresarial.
(Por Alfredo Caballero Pineda, escritor salvadoreño)
En la empresa solemos hablar de metas, números, resultados y eficiencia. Eso es necesario. Pero pocas veces pensamos en algo muy sencillo que puede transformar la forma en que trabajamos: la lectura. Muchos creen que leer es solo un pasatiempo o un lujo cultural. Yo creo todo lo contrario. Leer es una herramienta poderosa para fortalecer el talento humano, mejorar la comunicación y aumentar la productividad.
Lo digo desde mi experiencia. A veces, como Alfredo, he llegado a una reunión con la mente cansada y he descubierto que un buen libro leído la noche anterior me ordenó las ideas, me dio calma y me ayudó a pensar con mayor claridad. Un libro no solo deja una historia; deja una forma distinta de mirar la vida y de enfrentar los problemas.
Leer nos enseña a pensar con más serenidad. En las empresas los desafíos no llegan con instrucciones claras. No dicen: “haga esto y todo se resolverá”. Llegan confusos, mezclados, con presión y con poco tiempo. La lectura entrena la mente para analizar, observar y tomar decisiones con más criterio.
Un ejemplo sencillo lo encontramos en las historias de SHERLOCK HOLMES. Estos libros no son solo de misterio; cuentan cómo un detective, usando la observación y la lógica, resuelve casos que parecen imposibles.
Holmes mira lo que otros no ven, une pequeños detalles y llega a conclusiones claras. Cuando alguien lee estas historias, aprende sin darse cuenta a observar mejor, a no precipitarse y a pensar con orden.
En la empresa, eso se traduce en personas que detectan errores a tiempo, que analizan procesos con calma y que no toman decisiones a la ligera.
La lectura también nos ayuda a comprender mejor el entorno. Los cuentos de EDGAR ALLAN POE nos enseñan a leer entre líneas, a descubrir lo que está oculto, a entender que no todo es tan simple como parece. En la vida laboral, esto es clave: ayuda a anticipar riesgos, a comprender conflictos internos y a buscar soluciones más creativas.
Pero no todo es mente. La literatura también toca el corazón. En LOS HERMANOS KARAMAZOV, de Dostoyevski, se muestran las luchas internas, el dolor, el perdón y la búsqueda de sentido. Leer este tipo de obras despierta empatía. Y la empatía es una de las herramientas más valiosas dentro de una empresa.
Un talento humano que comprende al otro trabaja mejor, dialoga mejor y construye mejores equipos.
Más de una vez, como Alfredo, he visto que muchos conflictos en las empresas no nacen por falta de capacidad técnica, sino por falta de sensibilidad humana. Y la literatura, sin hacer ruido, va educando esa sensibilidad.
Nuestra propia literatura salvadoreña también tiene mucho que aportar. CUENTOS DE BARRO, de SALARRUÉ, nos enseña a leer despacio, a observar los detalles, a valorar lo sencillo.
Esa paciencia es fundamental en cualquier proyecto empresarial. Leer desarrolla la capacidad de concentrarnos sin desesperarnos y de mantener el enfoque aun cuando el proceso es largo.
Y no podemos olvidar la creatividad. Alicia en el país de las maravillas nos invita a pensar diferente, a cuestionar lo establecido, a imaginar caminos nuevos. En la empresa, la innovación nace de esa misma actitud: no conformarse con lo de siempre, sino atreverse a pensar distinto. La lectura despierta esa chispa interior que luego se convierte en ideas útiles.
La Biblia lo expresa con palabras sencillas y profundas: “En el corazón del entendido reposa la sabiduría” (Proverbios 14:33). La lectura ayuda justamente a formar ese corazón entendido, capaz de pensar con equilibrio y actuar con responsabilidad.
Por eso, la literatura no es un lujo reservado para académicos. Es una herramienta práctica para cualquier organización que quiera crecer con salud. Leer fortalece el pensamiento crítico, mejora la comunicación, fomenta la empatía, desarrolla la concentración y despierta la creatividad. Todo eso impacta directamente en la productividad.
Hoy estoy convencido, y lo digo con serenidad como Alfredo, de que una empresa que promueve la lectura está invirtiendo en su mayor tesoro: su talento humano. No se trata de obligar a nadie a leer, sino de crear una cultura donde el libro sea visto como un aliado, no como algo lejano o complicado.
A veces basta un pequeño gesto: recomendar un libro sencillo, abrir un espacio de conversación, compartir una frase que inspire. Poco a poco, la lectura deja de ser algo individual y se convierte en parte de la vida de la empresa.
Leer también es una invitación a crecer como personas.
Quien lee piensa mejor.
Quien lee se comunica mejor.
Quien lee comprende mejor a los demás.
Y una empresa formada por personas que piensan, dialogan y comprenden mejor, es una empresa más fuerte, más creativa y más humana.
La literatura no solo cuenta historias. Forma carácter. Forma criterio. Forma sensibilidad. Y cuando una organización apuesta por la lectura, no solo mejora sus resultados: construye un ambiente de trabajo más sano, más equilibrado y con mayor sentido de propósito.
Leer, al final, es una forma silenciosa pero poderosa de producir mejor… empezando por dentro.
San Salvador, 12 de enero de 2026
Alfredo Caballero Pineda, es escritor y consultor empresarial.
(Por Alfredo Caballero Pineda, escritor salvadoreño)
Durante muchos años creímos que la lectura solo vivía entre páginas de papel. El libro impreso era el único puente entre el autor y el lector. Pero el tiempo avanza, la tecnología cambia nuestras costumbres y hoy la literatura también ha encontrado nuevos caminos para llegar a nuestras manos… o, mejor dicho, a nuestros oídos y a nuestras pantallas.
Yo mismo, Alfredo, he podido observar cómo las nuevas generaciones se acercan a la lectura de maneras muy distintas a las de antes. Y lejos de preocuparme, debo confesar que esto me llena de esperanza. Porque lo importante no es solo el formato del libro, sino que la palabra siga viva en la mente y en el corazón de las personas.
Hoy se puede leer en papel, en un celular, en una tableta o incluso escuchar un libro mientras viajamos. Y lo nuevo y sorprendente es que, de una forma u otra, la literatura sigue encontrando lectores.
En El Salvador cada vez es más común ver jóvenes leyendo desde sus teléfonos. Sueño con que esta práctica sea cada vez más frecuente. Basta caminar por una universidad, esperar el bus en una parada o sentarse en un café para descubrir a alguien revisando textos literarios en su pantalla.
Lo interesante es que muchas obras salvadoreñas también están disponibles en formato digital. Pienso, por ejemplo, en “Cuentos de barro” de Salarrué, una de las joyas de nuestra narrativa nacional.
Hoy ese libro puede descargarse en segundos y llegar a lectores que quizá nunca habían tenido un ejemplar físico en sus manos.
https://www.youtube.com/watch?v=dsobUDsOjd0
Eso significa algo hermoso: la literatura ya no depende únicamente de una librería cercana. Un estudiante puede descubrir a Salarrué mientras espera el bus o descansa entre clases. La biblioteca ahora cabe en el bolsillo. Y cuando eso ocurre, la lectura deja de ser lejana y se vuelve parte de la vida diaria.
Otra forma fascinante de leer es escuchar libros. Los audiolibros han crecido muchísimo en los últimos años y, en ciudades como San Salvador, se han vuelto compañeros ideales para quienes pasan tiempo en el tráfico.
Mientras avanzan lentamente por el bulevar de Los Próceres o por la carretera hacia Santa Ana o San Miguel, muchas personas descubren historias que antes no tenían tiempo de leer.
Imagínese escuchar “Me alquilo para soñar”, un cuento del premio Nobel Gabriel García Márquez, mientras conduce o viaja en bus hacia el interior del país. De pronto, un trayecto cotidiano se convierte en un momento de reflexión, de cultura y de encuentro con la literatura.
https://www.youtube.com/watch?v=ihYTrjF5IcA&t=9s
La lectura, entonces, no se detiene: simplemente cambia de forma.
Las redes sociales también han transformado la manera en que los lectores conversan sobre los libros. Hoy no es extraño ver fragmentos de obras literarias circulando en Facebook, YouTube o incluso en videos breves.
Algunos jóvenes comparten frases de Francisco Gavidia, Salarrué, Roque Dalton o Claudia Lars, generando conversaciones interesantes sobre nuestra identidad, nuestra historia y nuestra cultura. Lo que antes era una experiencia solitaria ahora también puede convertirse en diálogo.
Los lectores comentan, recomiendan libros, discuten personajes y comparten descubrimientos. La literatura, en lugar de desaparecer en la era digital, ha encontrado nuevas plazas públicas para conversar.
Por supuesto, el libro impreso sigue teniendo un encanto especial. Muchos lectores, y me incluyo entre ellos, disfrutamos abrir un libro, sentir su textura y recorrer sus páginas con calma. Pero hoy ocurre algo interesante: los lectores combinan formatos.
Un estudiante puede tener la novela corta “Los cachorros”, del premio Nobel peruano Mario Vargas Llosa, en papel para leer en casa, pero también descargarla en su celular para revisarla en clase o donde quiera.
https://www.youtube.com/watch?v=yF_DkzrkR7Y
Otro puede empezar una novela en digital y terminarla en su versión impresa. La literatura no está perdiendo terreno; simplemente está ampliando sus caminos.
Las nuevas tecnologías también han permitido que más personas tengan acceso a la literatura. Los audiolibros, por ejemplo, han ayudado a personas con dificultades visuales a disfrutar de obras que antes eran difíciles de leer. Las ediciones digitales también llegan a comunidades donde conseguir libros impresos no siempre es fácil. Me alegra darme cuenta de que la tecnología no reemplaza la literatura: la multiplica.
A veces me preguntan si los libros digitales o los audiolibros reemplazarán al libro tradicional. Yo, Alfredo, suelo responder con una sonrisa: lo importante no es el formato; lo relevante es leer.
Porque cada libro abre una puerta nueva.
Un libro nos enseña a pensar mejor.
Nos ayuda a comprender a los demás.
Nos permite imaginar un país distinto.
Leer en papel, escuchar un audiolibro o descubrir un texto en el celular son simplemente diferentes caminos hacia el mismo destino: el encuentro con las ideas.
Y cuando una sociedad lee, algo hermoso comienza a ocurrir.
Las personas conversan mejor.
Piensan con mayor claridad.
Y miran el futuro con más esperanza.
Por eso sigo creyendo que cada página leída es una pequeña victoria cultural. Y hoy, más que nunca, tenemos muchas maneras de empezar.
Tal vez en un libro impreso.
Posiblemente en un audiolibro mientras viajamos.
O quizá en la pantalla de un celular.
Lo importante es abrir la primera página.
“La sabiduría es árbol de vida para los que de ella echan mano, y bienaventurados los que la retienen.” (Proverbios 3:18)
San Salvador, 15 de marzo de 2026
Alfredo Caballero Pineda, es escritor y consultor empresarial.
(Por Alfredo Caballero Pineda, escritor salvadoreño)
Hace algunos días llegó nuevamente a mis manos un libro que conocí hace muchos años y que, al releerlo, volvió a tocar mi mente y mi corazón. Se trata de Pásame otro ladrillo, escrito por Charles Swindoll.
Confieso que me encantó volver a recorrer sus páginas. Y me alegró comprobar que hay libros que, aunque fueron escritos hace décadas, conservan intacta su capacidad de hablarnos con frescura y profundidad.
Este libro tiene un propósito claro: enseñarnos una forma excepcional de liderazgo tomando como ejemplo la vida de Nehemías, uno de los personajes más admirables del Antiguo Testamento.
Más que un texto religioso, lo considero una obra profundamente humana. Una lectura útil para cualquier persona que desee crecer, liderar mejor, tomar buenas decisiones y aprender a construir con sabiduría.
Como Alfredo, y también como escritor, debo decir que encuentro en esta obra una riqueza singular. No solo por su contenido espiritual, sino por la claridad con la que logra traducir antiguas enseñanzas bíblicas a los desafíos concretos de la vida actual.
Swindoll estudia la vida de Nehemías, un hombre que vivió aproximadamente 425 años antes de Jesucristo. A simple vista, podría parecer una historia distante. Sin embargo, al leerla descubrimos que sus conflictos se parecen mucho a los nuestros.
Nehemías fue un líder en el mundo político y administrativo de su tiempo. Supo enfrentar crisis, resolver problemas, organizar personas y mantener firme su visión aun en medio de la crítica y la oposición.
Eso me impresionó profundamente. Vivimos en una época donde abundan las teorías sobre liderazgo, pero pocas veces encontramos ejemplos tan concretos y tan bien vividos como el suyo.
Uno de los grandes aprendizajes del libro es este: todo liderazgo verdadero comienza con una visión. Nehemías tenía un propósito definido: reconstruir los muros de Jerusalén.
No caminaba sin rumbo. No improvisaba. Sabía lo que debía hacer. Cuántas veces nosotros mismos vivimos llenos de actividad, pero sin dirección clara. Swindoll nos recuerda que una visión bien definida ordena la energía, motiva al equipo y da sentido al esfuerzo diario.
En la vida familiar, empresarial o espiritual, saber hacia dónde vamos cambia por completo la manera de caminar.
Algo que me impactó nuevamente al releer este libro es la insistencia en la oración. Antes de actuar, Nehemías oró. Antes de hablar, oró. Antes de decidir, buscó dirección.
En un mundo acelerado, donde todo parece exigir respuestas inmediatas, esta enseñanza resulta profundamente necesaria. Muchas veces queremos resolverlo todo con nuestra propia fuerza.
Pero el libro nos recuerda que detenernos a buscar dirección no es perder tiempo; es ganar claridad.
Otra gran enseñanza es la importancia de planificar. Nehemías no fue un soñador desordenado. Fue un hombre práctico, estratégico y organized. Evaluó la tarea. Distribuyó responsabilidades.
Estableció prioridades. Y eso también es liderazgo. He pensado muchas veces, Alfredo lo reconoce con sinceridad, que algunos proyectos fracasan no por falta de talento, sino por falta de organización.
Este libro nos recuerda que la inspiración necesita estructura para convertirse en resultados.
Nehemías también enfrentó oposición. Fue criticado, burlado y amenazado. Y aun así siguió adelante. Qué vigente resulta esta lección. Vivimos tiempos donde muchas personas abandonan sus proyectos por temor al juicio ajeno.
Swindoll enseña que todo líder encontrará resistencia. La clave no está en evitarla, sino en aprender a responder con firmeza, serenidad y fe. Seguir construyendo, aun cuando otros cuestionen, es parte del proceso.
Quizá la lección más poderosa del libro sea esta: el liderazgo verdadero no se sostiene solo en capacidad, sino en integridad. Nehemías no solo reconstruyó muros físicos; ayudó a restaurar la moral y la esperanza de todo un pueblo.
Eso me recordó algo que he aprendido en mi caminar profesional y literario: una obra bien hecha puede levantar mucho más que estructuras visibles; puede levantar vidas.
Como Alfredo, he visto que las palabras bien dichas, las decisiones correctas y la conducta íntegra dejan huellas duraderas.
Recomiendo este libro porque ofrece algo que hoy necesitamos urgentemente: pausa, reflexión y dirección. Leerlo es detenerse a pensar. Es permitir que una lectura breve nos cuestione y nos ayude a crecer.
Y esa es justamente la magia de los buenos libros: no solo informan; transforman.
Vivimos rodeados de distracciones. El teléfono nos llama a cada instante. Los algoritmos nos ofrecen contenido interminable. Pero un buen libro sigue siendo una mejor conversación.
Quizá hoy necesitamos menos deslizamientos de pantalla… y más páginas que nos inviten a pensar. “Pásame otro ladrillo” nos recuerda que la vida se construye día a día.
Un acto correcto. Una decisión sabia. Una lectura oportuna. Como dice el libro de Proverbios: “Con sabiduría se edificará la casa, y con prudencia se afirmará” (Proverbios 24:3).
Construir bien toma tiempo. Y a veces, todo comienza cuando alguien nos dice, con sencillez y esperanza: “Pásame otro ladrillo.”
San Salvador, 26 de mayo de 2026
Alfredo Caballero Pineda, es escritor y consultor empresarial.
(Por Alfredo Caballero Pineda, escritor salvadoreño)
Cada cuatro años ocurre algo extraordinario. Millones de personas en todo el planeta se reúnen frente a una pantalla, conversan con amigos, discuten pronósticos y siguen con emoción cada partido del Mundial de Fútbol. Durante algunas semanas, el mundo parece hablar un mismo idioma: el de la pasión deportiva.
Sin embargo, mientras observaba recientemente algunos comentarios sobre el Mundial, descubrí algo curioso. Más allá de los goles, los estadios y las celebraciones, el fútbol tiene mucho en común con la literatura. Quizás más de lo que imaginamos.
Ambos nos cuentan historias. Ambos nos emocionan. Ambos nos enseñan algo sobre la condición humana. Y ambos tienen el poder de permanecer en nuestra memoria durante muchos años.
Cuando abrimos una novela encontramos personajes, conflictos, desafíos y sueños. Cuando inicia un partido de fútbol sucede exactamente lo mismo. Hay equipos favoritos y equipos pequeños que buscan sorprender. Hay jugadores que cargan sobre sus hombros las esperanzas de todo un país. Hay momentos de gloria y también instantes de profunda tristeza.
Las grandes historias literarias suelen hablarnos de la lucha humana frente a la adversidad. El Mundial también. ¿Quién no ha visto alguna vez a una selección considerada débil vencer a una potencia mundial? ¿Quién no ha sido testigo de un jugador que parecía derrotado y terminó convirtiéndose en héroe?
La literatura y el deporte nos recuerdan una verdad sencilla: nunca debemos rendirnos antes de tiempo.
Cuando pensamos en héroes literarios recordamos personajes que enfrentan dificultades, toman decisiones difíciles y luchan por alcanzar una meta. En el Mundial aparecen héroes parecidos. Algunos son estrellas reconocidas. Otros son futbolistas casi desconocidos que, de pronto, cambian la historia de un partido con una sola acción.
Lo interesante es que esos héroes suelen enseñarnos las mismas virtudes que encontramos en los libros: disciplina, perseverancia, valentía, trabajo en equipo y capacidad de levantarse después de una derrota.
Por eso los relatos deportivos suelen permanecer vivos durante generaciones. No recordamos solamente los resultados. Recordamos las historias humanas que hubo detrás de ellos.
Entre ganadores y perdedores en el deporte también existe una reflexión: “El que gana, celebra; el que pierde, da explicaciones”. Esto también es una experiencia que se lee en la literatura.
Leer una novela y seguir un Mundial tienen algo en común: nunca sabemos exactamente qué ocurrirá después. Cuando llegamos al final de un capítulo queremos descubrir qué sucederá en el siguiente. Del mismo modo, cuando termina un partido, sentimos curiosidad por conocer el resultado del próximo encuentro.
Esa incertidumbre mantiene viva nuestra atención. Quizás por eso las personas aman tanto las historias. Necesitamos descubrir qué viene después. Necesitamos imaginar futuros posibles. Necesitamos emocionarnos con los triunfos y aprender de las derrotas.
Los libros hacen eso. El fútbol también.
Algunas personas creen que el deporte y la lectura pertenecen a mundos diferentes. No estoy de acuerdo. La lectura desarrolla la observación, la concentración, la imaginación y la capacidad de interpretar situaciones complejas.
Todas estas habilidades también son importantes para comprender mejor cualquier disciplina deportiva.
Un lector aprende a identificar detalles que otros pasan por alto. Aprende a analizar causas y consecuencias. Aprende a pensar antes de emitir un juicio. Por eso, mientras más leemos, más herramientas tenemos para comprender el mundo que nos rodea.
Hace algunos días reflexionaba sobre esto y comprendí que el Mundial es mucho más que una competencia deportiva. Es una colección de historias humanas. Cada selección representa sueños colectivos. Cada jugador lleva consigo años de sacrificio. Cada aficionado deposita en su equipo una pequeña parte de sus esperanzas.
Y eso es precisamente lo que encontramos en los buenos libros: personas que sueñan, luchan, fracasan, se levantan y vuelven a intentarlo. Como escritor, Alfredo, siempre he creído que la lectura nos acerca a la esencia de la vida. Y el Mundial, de alguna manera, también nos permite observar esa misma esencia en movimiento.
Y algo adicional. Me gustó el comentario que me hizo el PhD. y Pastor Adán García, observando todo el comportamiento de la experiencia del Mundial de Futbol: “El futbol sustituye la guerra. Dios usa su amor para reconciliar las naciones a través del deporte”.
Y me mostró estas sabias palabras: “Cuando equipos de naciones enemigas están en la cancha, los jugadores se respetan y muchos llegan a ser amigos”. La literatura, por su parte, no tiene fronteras, ni tiempo, es universal.
Cuando termine este Mundial, quedarán campeones, estadísticas y recuerdos. Pero también quedarán historias. Historias de superación, de amistad, de disciplina y de esperanza. Tal vez esa sea una buena oportunidad para acercarnos también a los libros. Porque cada novela, cada cuento y cada biografía nos ofrece una aventura diferente.
Y al igual que ocurre en el fútbol, nunca sabemos cuál de esas historias terminará cambiando nuestra manera de ver el mundo. Los libros y el Mundial comparten una misma misión: recordarnos que la vida está hecha de relatos, de emociones y de sueños que vale la pena perseguir.
El fútbol nos enseña que ningún partido está ganado antes de jugarse. La literatura nos enseña que ninguna historia está terminada mientras exista una nueva página por escribir. Ambas experiencias nos invitan a creer, a perseverar y a seguir avanzando aun cuando el resultado parezca incierto.
Quizás por eso seguimos leyendo y seguimos soñando. Las grandes victorias, dentro y fuera de la cancha, suelen pertenecer a quienes no abandonan el camino.
Termino estas líneas con estas sabias palabras del Apóstol Pablo: "Todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres." (Colosenses 3:23)
San Salvador, 14 de junio de 2026
Alfredo Caballero Pineda, es escritor y consultor empresarial.
(Por Alfredo Caballero Pineda, escritor salvadoreño)
Hay una escena que se repite todos los días. Nos sentamos unos minutos a descansar, tomamos el teléfono y pensamos revisar solamente un mensaje. Después miramos una noticia.
Luego aparece un video. Después otro. Contestamos un WhatsApp, revisamos Facebook o cualquier otra red social y, cuando volvemos a mirar el reloj, ha pasado casi una hora.
No hicimos nada malo. Simplemente, el tiempo se fue. Entonces pensé en algo muy sencillo: ¿qué pasaría si cada día apartáramos solamente veinte minutos para leer un libro? No dos horas. Ni siquiera una hora. Veinte minutos.
Vivimos de prisa. Comemos rápido, contestamos rápido, caminamos rápido y también queremos leer rápido. Las redes sociales nos acostumbraron a pasar de una cosa a otra en segundos.
Una fotografía, una noticia, un comentario, un video. Si algo no llama nuestra atención inmediatamente, movemos el dedo y seguimos. Un libro funciona de otra manera. Nos pide quedarnos.
Cuando comenzamos una novela quizá las primeras páginas solamente nos presentan a los personajes. Poco a poco conocemos sus problemas, sus sueños y sus secretos. Después ocurre algo maravilloso: dejamos de mirar el reloj.
Ya estamos dentro de la historia. Ese tipo de lectura nos ayuda a recuperar algo que estamos perdiendo: la capacidad de prestar atención durante un tiempo prolongado.
No creo que para convertirse en lector sea necesario proponerse terminar cincuenta libros al año. A veces esas metas terminan produciendo exactamente lo contrario: presión. Prefiero algo más sencillo.
Busque un libro que realmente le interese y lea veinte minutos cada día. Puede hacerlo después del desayuno. Antes de dormir. Durante un descanso. Mientras espera una cita. Incluso mientras toma una taza de café.
Si un día lee diez páginas, está bien. Si solamente lee cinco, también. La lectura no es una competencia. Lo importante es regresar mañana. Después de varias semanas ocurre algo curioso: el libro comienza a esperarnos.
Queremos saber qué sucederá con aquel personaje. Deseamos terminar el capítulo. Una historia empieza a acompañarnos durante el día. Allí comienza a nacer el hábito.
Quiero decirlo claramente: no estoy en contra de la tecnología. Sería absurdo. El teléfono nos permite trabajar, comunicarnos, estudiar, leer periódicos y hasta llevar una biblioteca completa en el bolsillo. Yo mismo disfruto muchas de esas posibilidades.
El problema aparece cuando ya no decidimos nosotros cuánto tiempo dedicarle, sino que la pantalla parece decidir por nosotros. Por eso no propongo abandonar el celular. Sugiero recuperar veinte minutos.
Yo, Alfredo, escritor y lector desde hace muchos años, sigo descubriendo algo cada vez que abre un libro: la mente cambia de velocidad. El ruido baja. La atención vuelve. Las palabras empiezan a producir imágenes. Y eso se siente bien.
Hay otro beneficio que muchas veces olvidamos. Quien lee tiene más cosas de qué hablar. Una novela puede llevarnos a conversar sobre la familia, el amor, la justicia, el trabajo, la historia o las decisiones humanas.
Una biografía puede enseñarnos cómo alguien enfrentó una dificultad. Un cuento puede mostrarnos, en apenas diez páginas, una realidad que nunca habíamos imaginado. También aprendemos palabras nuevas sin sentarnos a memorizarlas.
Poco a poco mejoramos nuestra manera de expresarnos, escribir y ordenar las ideas. Y todo comenzó con veinte minutos.
A una persona que nunca ha desarrollado el hábito de lectura no le recomendaría comenzar por un libro de quinientas páginas que no le interesa. Comience por aquello que despierte su curiosidad.
Puede ser una novela corta. Un libro de cuentos. Una biografía. Una historia de aventuras. Literatura salvadoreña. Poesía. Un libro sobre algún tema que siempre haya querido conocer.
Incluso, si usted es cristiano, puede comenzar leyendo un capítulo diario de los Evangelios. Poco a poco habrá leído los cuatro y después podrá continuar con cualquier otro libro de la Biblia.
No necesita correr. Lo importante es leer con atención, comprender y reflexionar sobre lo leído. Los beneficios que he mencionado también están allí: concentración, comprensión, riqueza de lenguaje y, en este caso, crecimiento espiritual
No existe ninguna obligación de comenzar por los libros más difíciles. Lo relevante es encontrar esa primera lectura que provoque una sensación sencilla: “Quiero seguir”.
Recuerdo haber experimentado muchas veces esa alegría. Uno cierra el libro porque tiene que hacer otra cosa, pero la historia se queda dando vueltas en la cabeza. Horas después regresamos a buscarlo.
Ese pequeño deseo de volver es una de las señales más hermosas de que estamos convirtiéndonos en lectores.
Pensemos en lo que significaría recuperar esos veinte minutos en nuestros hogares. Un padre leyendo. Una madre con un libro. Un adolescente dejando por un momento el teléfono. Un niño preguntando qué estamos leyendo.
No hace falta organizar una ceremonia alrededor de los libros. Basta con abrir uno.
Los hábitos también se enseñan con el ejemplo. Y quizá un niño que vea hoy a sus padres leyendo recuerde esa escena dentro de treinta años.
No sabemos cuántas horas hemos pasado deslizando una pantalla durante los últimos años. Probablemente sean muchísimas. Pero no quiero quedarme lamentándolo. Prefiero comenzar hoy.
Veinte minutos parecen poca cosa. Sin embargo, pueden convertirse en páginas, después en capítulos y finalmente en libros completos. Y los libros, cuando realmente entran en nuestra vida, dejan algo dentro de nosotros.
Nos hacen compañía, nos enseñan palabras, nos presentan personas, nos llevan a lugares donde nunca hemos estado. Y algo más valioso: Nos ayudan a pensar.
La Biblia expresa una idea hermosa: “Bienaventurado el hombre que halla la sabiduría, y que obtiene la inteligencia” (Proverbios 3:13). Quizá hoy podamos comenzar de una manera muy sencilla.
Dejemos el teléfono a un lado durante veinte minutos. Abramos un libro. Sin correr, ni competir, sin preocuparnos por terminarlo. Solo leamos. Mañana podemos volver por otras páginas.
San Salvador, 18 de agosto de 2026
Alfredo Caballero Pineda, es escritor y consultor empresarial.
(Por Alfredo Caballero Pineda, escritor salvadoreño)
Hay libros que se leen y se olvidan. Y hay otros que, aunque breves, se quedan viviendo dentro de uno. Así me ocurrió cuando volví a leer “La botija”, uno de los cuentos más representativos de Cuentos de barro, del gran escritor salvadoreño Salarrué.
Quiero compartir esta experiencia porque estoy convencido de algo: la literatura no es solo palabras impresas; es una escuela de vida. Y en este relato, sencillo en apariencia, se esconde una lección profunda sobre el ser humano.
Cuentos de barro es una obra que retrata la vida del campesino salvadoreño con una autenticidad conmovedora. En “La botija”, conocemos a José Pashaca, un hombre humilde que vive con la ilusión de encontrar un tesoro enterrado.
Desde que comenzamos a leer, dejamos de ser espectadores. Nos metemos en su piel. Sentimos su cansancio, su esperanza, su terquedad y también su ingenuidad.
Eso es lo maravilloso de la literatura: nos permite vivir otras vidas sin dejar la nuestra. Nos enseña que, aunque pasen los años, los sueños del ser humano siguen siendo los mismos: querer algo mejor, buscar una oportunidad, creer que hay algo más esperándonos.
Algo que siempre me ha tocado profundamente de Salarrué es su forma de escribir. Su lenguaje suena a nuestra tierra. A nuestra gente. A nuestra historia.
En “La botija”, el uso del “vos”, las expresiones sencillas y la forma de contar hacen que uno sienta que está escuchando a un abuelo contar una historia en el patio de la casa.
Y eso tiene un valor enorme. Porque no solo leemos una historia: nos reconocemos en ella.
Leer a Salarrué es recordar de dónde venimos. Es volver a nuestras raíces. Es entender que nuestra identidad también está en la palabra hablada, en la forma en que contamos nuestras propias historias.
La historia de José Pashaca gira alrededor de una ilusión: encontrar una botija llena de monedas de oro. Él cava, insiste, sueña… y persigue ese tesoro como si en él estuviera toda su felicidad.
Pero la vida, y el cuento, nos sorprende.
En ese proceso de buscar riqueza fácil, José termina trabajando la tierra. Sin darse cuenta, cambia su rutina, su forma de vivir, su relación con el esfuerzo.
Y allí aparece la lección más profunda: el verdadero tesoro no estaba enterrado; estaba en el trabajo, en la constancia, en la transformación personal.
Cuántas veces nosotros también buscamos nuestras propias “botijas”: soluciones rápidas, caminos fáciles, éxitos inmediatos. Y olvidamos que lo que realmente construye la vida es el trabajo diario, silencioso, constante.
Salarrué tiene un don especial: toma la vida cotidiana y la convierte en arte. No habla de reyes ni de grandes ciudades, sino de gente sencilla, de campo, de tierra, de sudor.
Pero en esa sencillez hay una profundidad inmensa.
“La botija” nos recuerda que cada persona tiene su propia historia, su propia lucha, su propio anhelo. Y eso nos enseña a mirar con más respeto a quienes nos rodean.
A veces, como Alfredo, me detengo a pensar en cuántas historias caminan a nuestro lado todos los días sin que nos demos cuenta. La literatura nos abre los ojos para ver lo que antes pasaba desapercibido.
Si alguien me dijera: “Quiero empezar a leer, pero no sé cómo”. Yo le diría: empiece con algo como “La botija”.
Es un cuento breve, fácil de leer, pero con una fuerza humana que deja huella. No requiere preparación previa ni conocimientos especiales. Solo requiere curiosidad.
Y eso basta.
Leer este cuento es como acompañar a José Pashaca en su búsqueda. Sin embargo, al final, el que encuentra algo valioso es el lector.
Porque el verdadero tesoro no es la botija. Es lo que aprendemos en el camino.
Después de cerrar el libro, uno queda pensando. E eso es lo más hermoso de la literatura: que no termina en la última página. Nos deja preguntas. Nos deja enseñanzas. Nos deja una pequeña luz encendida.
“La botija” no es solo la historia de un campesino. Es la historia de todos nosotros, cuando buscamos fuera lo que en realidad debemos construir dentro.
Como dice el libro de Proverbios: “Mejor es lo poco con justicia que la muchedumbre de frutos sin derecho” (Proverbios 16:8).
Es una forma sencilla de recordarnos que el valor de la vida no está en lo fácil ni en lo rápido, sino en lo correcto, en lo trabajado, en lo que nace del esfuerzo.
Leer este cuento es descubrir que el mayor tesoro no se encuentra cavando la tierra… sino cultivando el corazón.
San Salvador, 12 de abril de 2026
Alfredo Caballero Pineda, es escritor y consultor empresarial.
(Por Alfredo Caballero Pineda, escritor salvadoreño)
Una mirada al Mundial de 2026 desde cincuenta años después
Era una tarde tranquila del año 2076 cuando mis nietos encontraron una caja cubierta de polvo. Dentro había fotografías amarillentas, una gorra con el logotipo del Mundial de 2026, un boleto cuidadosamente doblado y una pequeña bandera ya desgastada por el tiempo.
- Abuelo, ¿de verdad el mundo podía detenerse por un partido de fútbol? - me preguntó el menor. Sonreí. Tomé una de aquellas fotografías y, por un instante, regresé cincuenta años atrás. – Sí, les respondí. Hubo un verano en que millones de personas hablaban el mismo idioma.
No importaba el país, la profesión, el idioma ni la edad. Durante unas semanas, el planeta entero respiró al ritmo de un balón. Pero, mientras recordaba aquellos días, comprendí que la historia del Mundial de 2026 era mucho más que una competencia deportiva. Era una inmensa novela sobre la condición humana.
Aquel campeonato fue organizado por tres países: México, Estados Unidos y Canadá. Muchos pensaban que sería imposible coordinar un evento de semejante magnitud. Sin embargo, sucedió algo extraordinario. Las fronteras parecieron desaparecer.
En las calles se escuchaban decenas de idiomas. Personas que jamás se habían visto terminaban abrazándose después de un gol. Familias enteras viajaban durante horas para compartir noventa minutos de ilusión.
Los aeropuertos parecían ríos humanos, y los estadios se convirtieron en lugares donde miles de desconocidos celebraban como si fueran amigos de toda la vida. El fútbol hizo algo que pocas veces logra la política: unir, aunque fuera por un instante, a personas completamente diferentes.
Quizá por eso sigo creyendo que el deporte posee un lenguaje que todos entendemos.
Con el paso de los años casi todos olvidamos quién marcó determinados goles. Muchos ya no recuerdan las alineaciones. Otros confunden las fechas. Pero curiosamente permanecen vivos otros recuerdos. El padre que levantó a su hijo para que pudiera ver el estadio.
La madre que preparó la comida para reunir a toda la familia frente al televisor. El vendedor ambulante que caminó kilómetros con la esperanza de regresar a casa con el sustento del día. El anciano que lloró al escuchar nuevamente el himno de su país. Ellos también fueron protagonistas.
Las grandes novelas no viven únicamente por sus héroes principales. Permanecen por aquellos personajes sencillos que sostienen la historia con su humanidad. Así ocurrió también en aquel Mundial.
Mientras observaba aquellos recuerdos comprendí algo que no había visto entonces. Cada selección disputaba un campeonato. Pero, en realidad, cada persona jugaba su propio partido. Había quien luchaba contra una enfermedad. Quien acababa de perder el empleo.
Quien esperaba una oportunidad. Quien soñaba con regresar a casa. Quien atravesaba una crisis familiar. Y, sin embargo, durante noventa minutos todos encontraban un pequeño descanso para volver a creer que la alegría todavía era posible. Eso también era un milagro.
Porque la esperanza tiene la extraña capacidad de aparecer incluso cuando las circunstancias parecen decir lo contrario.
Con los años también comprendí otra escena que pasó inadvertida. Recuerdo estadios repletos. Recuerdo millones de personas cantando. Recuerdo las celebraciones, las entrevistas, las lágrimas y los campeones levantando la copa.
Pero recuerdo muy pocas voces dando gracias a Dios. Todos hablábamos del talento. Del entrenamiento. De las estadísticas. De las estrategias. De los entrenadores. Casi nadie hablaba del Creador que había dado la vida, la inteligencia, la salud, la fuerza y el talento para hacer posible aquel espectáculo.
No lo digo como una crítica. Lo digo como una reflexión que los años me enseñaron.
Celebrábamos los regalos. Pero pocas veces levantábamos la mirada hacia quien los había puesto en nuestras manos.
Han pasado cincuenta años. Muchos de aquellos futbolistas ya son abuelos. Los estadios fueron remodelados. Las nuevas generaciones buscan los goles en archivos digitales que antes parecían imposibles de imaginar. El tiempo siguió haciendo su trabajo.
Sin embargo, hay algo que permanece. No son los campeonatos. No son los récords. No son las estadísticas. Permanece el amor con que vivimos. La gratitud con la que recibimos cada día. La capacidad de abrazar a quienes caminan junto a nosotros.
La humildad para reconocer que ninguna victoria dura para siempre y que toda derrota puede convertirse en el comienzo de una nueva historia. Como Alfredo, he aprendido que la vida se parece mucho más a un Mundial de lo que imaginamos.
Todos recibimos oportunidades. Todos enfrentamos derrotas. Todos celebramos pequeñas victorias. Pero, al final, no seremos recordados únicamente por los trofeos que levantamos, sino por las personas que ayudamos a levantar cuando ellas habían caído.
Ese siempre será el campeonato más importante.
Cuando terminé de contar la historia, uno de mis nietos volvió a guardar las fotografías dentro de la caja. Antes de cerrarla me hizo una última pregunta.
- Abuelo, ¿volverá a existir un Mundial como aquel? Lo miré con tranquilidad y le respondí: - Seguramente habrá otros mejores. Habrá nuevos campeones y nuevas estrellas. Pero nunca olvides que la mayor victoria de una persona no consiste en conquistar un estadio, sino en conservar un corazón agradecido.
Porque los campeones cambian. Los récords se rompen. Las multitudes regresan a casa. Los estadios algún día quedan en silencio. Pero Dios permanece cuando el último silbatazo ya se ha escuchado.
La verdadera victoria consiste en vivir de tal manera que, cuando termine nuestro propio partido, podamos mirar hacia el cielo con gratitud por cada minuto que nos fue concedido. Como afirma la Escritura: “Confía en Jehová con todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos iyong caminos, y él enderezará tus veredas” (Proverbios 3:5-6).
Quizá esa sea la enseñanza que cincuenta años después todavía sigue iluminando aquel inolvidable verano: los goles emocionan, los campeonatos pasan, pero una vida vivida con fe, gratitud y amor permanece para siempre.
San Salvador, 20 de julio de 2026
Alfredo Caballero Pineda, es escritor y consultor empresarial.
Seminarios-taller vivenciales orientados a fortalecer el carácter, la comunicación limpia y la cooperación efectiva dentro de las empresas.
Temas clave: Filosofía KAIZEN, inducción a las 5 "S", ciclos PDCA, eliminación del desperdicio y liderazgo participativo.
Objetivo: Implementar una cultura de mejora constante en los procesos operacionales y las actitudes del personal.
Metodología: Taller vivencial con simulaciones, dinámicas grupales, ejercicios de análisis y compromisos individuales.
Temas clave: Factores críticos de cohesión, entorno colaborativo, integración de roles funcionales y confianza mutua.
Objetivo: Fortalecer la sinergia organizacional para alcanzar objetivos corporativos con alta efectividad.
Metodología: Dinámicas de mesa y actividades vivenciales estructuradas con retroalimentación inmediata.
Temas clave: Delegación efectiva, perfil del líder inspirador, supervisión orientada a resultados y gestión del cambio.
Objetivo: Desarrollar un liderazgo operativo que equilibre la productividad del equipo con el crecimiento humano.
Metodología: Análisis de casos reales, test de autoevaluación, role-playing y guías de aplicación.
Temas clave: Momentos de verdad, empatía comercial, comunicación positiva, fidelización y resolución de objeciones.
Objetivo: Consolidar una cultura de servicio memorable que supere las expectativas del cliente interno y externo.
Metodología: Dramatización de situaciones reales, guiones de servicio y retroalimentación guiada.
Temas clave: Matriz de prioridades, eliminación de ladrones del tiempo, autorregulación emocional y equilibrio vida-trabajo.
Objetivo: Maximizar la productividad personal y prevenir el agotamiento laboral manteniendo un alto rendimiento.
Metodología: Ejercicios de planificación diaria, test de nivel de estrés y técnicas prácticas de enfoque.
Temas clave: Cooperación física, comunicación operativa, confianza y retos colectivos.
Objetivo: Desarrollar cohesión y liderazgo en acción.
Metodología: Actividades al aire libre, retos físicos controlados y análisis posterior.
Hojas de ruta técnicas y viables para convertir ideas en negocios sólidos, mitigar riesgos y estructurar propuestas de inversión.
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